Este cochino racismo de siempre
El racismo es una manifestación que antes que ir en contra de una raza, va contra la persona que emite el insulto: contra su inteligencia y contra todos nosotros, porque es como si nuestra especie hubiera evolucionado para nada.
Por Daniel Samper Ospina*
Lo que voy a contarles me sucedió hace algunos meses, y para entenderlo
vale la pena que sepan de entrada una cosa: desde que tengo siete años
voy al estadio de Bogotá, el estadio Nemesio Camacho, El Campín, a
hacerle barra al glorioso y siempre altivo Independiente Santa fe.
Siempre he ido por el mismo equipo y siempre me he sentado en el mismo lugar: en el lado sur de la tribuna occidental, justo arriba del camerino de los locales.
Desde comienzos del año pasado, detecté concretamente a tres hinchas que aún van y que a lo mejor ustedes pueden identificar, si visitan el mismo sitio que yo.
Uno siempre se viste con una sudadera blanca y roja y ruana; otro tiene gafas, se sienta sobre un asiento pequeño que siempre lleva consigo, y usa cachucha; el último tiene un bigote grande, siempre se pone una chaqueta de cuero café, y anda con una trompeta que a veces usa de megáfono, a través de la cual lanza sus insultos.
Este último se sienta en la primera fila de la tribuna. Probablemente es el que uno identifica más fácil.
A los tres los he odiado en silencio desde que los vi lanzar insultos racistas.
Cada vez que un jugador moreno del Santa fe cometía un error, por insignificante que fuera, los tres empezaban uno por uno:
- ¡Negro animal, devuélvase a la jungla!
- ¡Negro bestia!, ¡negro bruto!, ¡saquen a ese negro de mierda!
- ¡Negro hijueputa, salite!
Sucedía que cuando llegaba a mi casa, y el equipo había perdido, a la sensación de abatimiento por los tres puntos que se habían escapado se sumaba la desazón de sentirme como un cobarde: no sabía si eran más miserables los gritos de esos hinchas animales, o mi silencio cobarde, mi actitud de no ser capaz de decirles que se callaran de una vez, que no fueran bestias: que ojalá los metieran presos por racistas.
Me excusaba a mí mismo en el hecho de que ninguno de los tres se sentaba cerca de mí: todos estaban a distancias considerables, y encararlos habría exigido un recorrido que, con el partido en pleno furor, y la gente mirándolo, era imposible de hacer.
Pero una vez sucedió que llegué al partido, me senté tranquilamente y al primer fallo de Léider Preciado escuché en el tímpano un insulto que ya había oído, aunque nunca tan cerca:
- ¡Negro malparido, a dónde la botaste!
Cuando me volteé, lo vi como nunca antes lo había visto: era uno de los tres, quizás el más grosero, el que más me había desesperado en tantas tardes de oprobio. Era el tipo de la sudadera.
Jugada tras jugada, su voz se encendía como un relámpago con algún grito tenebroso. Negro de mierda, negro bestia, negro animal. Todo el tiempo así.
Yo apenas lo miraba con mala cara después de sus insultos: me volteaba, lo recriminaba con los ojos, pero todo era en vano porque el tipo nunca me miraba: ni siquiera se daba cuenta de que había alguien debajo de él, odiándolo y mirándolo.
No pude concentrarme en el partido. Cada vez que oía un insulto racista, me decía a mí mismo que a la próxima iba a reaccionarle y a exigirle respeto: respeto por los jugadores, respeto por la evolución, respeto por los seres humanos, respeto por la inteligencia. Porque el racismo es una manifestación que antes que ir en contra de una raza, va justamente contra la persona que emite el insulto: contra su inteligencia y contra todos nosotros, porque es como si nuestra especie hubiera evolucionado para nada.
Siempre dije que a la próxima reaccionaba. Y siempre había una próxima. Y nunca reaccioné. Y nunca me lo he perdonado.
Creo que en parte el racismo sigue existiendo por gestos como el mío. En España, Etoo se negó a seguir jugando un partido por los insultos racistas que caían al pasto. Hizo maravillosamente bien. Y acá, en Colombia, nunca pasa nada: la actitud silenciosa, y un poco cobarde, que tuve entonces, es la de todos: por culpa de esa pasividad, el racismo sigue campante.
En los colegios de élite de Bogotá no hay alumnos negros. En el gobierno sólo hay una ministra negra. En los bares de moda de Bogotá, como lo comprobamos en SoHo, la revista en que trabajo, no dejan entrar a los negros. Nuestro racismo es más grave que cualquier otro porque es solapado: no es reconocido como un esguince de la sociedad que debe ser combatido, tal y como sucede en Sudáfrica, por ejemplo, sino como una cuestión que no existe: un problema que no tenemos.
Quiero decir: en el estadio bogotano uno nunca oirá insultos como " corre, blanco de mierda", o " saquen a ese caucásico malparido". Tampoco oirá insultos contra personas de raza negra en forma de murmullo. Se oyen gritos abiertamente racistas emitidos por personas que, si uno les pregunta, creen que no son racistas, y que gritan al lado de personas como uno, a las que esos insultos les repugnan, pero también los inmovilizan: nadie dice nada, este país es asquerosamente racista y todos nos callamos, y a los negros les dejan espacios laborales en la música y en el deporte, pero les cierran los demás.
Sea este momento para decirle al hincha aquel que se sentó detrás de mí, y a los otros dos, lo siguiente: que ha sido una lástima que mi valentía generalmente se me dé cuando escribo, y no cuando ando por ahí; que por eso no les he podido decir en la cara lo que les digo acá; que me parece que son unos seres humanos despreciables, unos cobardes, unos asesinos morales; que me gustaría que le gritaran a Léider Preciado en la cara que es un negro de mierda, a ver si son tan machitos; y que por culpa de ellos este país todavía no es viable, ni es digno, ni es sano, y se sigue mereciendo la triste suerte que debemos padecer todos los días.
*Director de la revista Soho

